Durante décadas se ha pensado que la longevidad estaba escrita en los genes, como si el destino biológico fuese una sentencia. Pero la investigación ha empezado a matizar esa idea. Hoy se sabe que la genética influye, pero no decide. Cada vez más estudios apuntan a que el modo en que se vive puede modificar la manera de envejecer. La pregunta no es solo cuánto se va a vivir, sino qué parte de ese resultado depende de cada uno. Longevytum, la clínica para vivir más años sanos, da las claves