En estas fechas en las que se intensifican tanto la compañía como la soledad, la ciencia recuerda algo incómodo y fascinante: los vínculos afectivos, familiares o amistosos, influyen directamente en cuánto vivimos. El cariño estable, el roce cotidiano y la calidad de nuestras relaciones modulan inflamación, estrés y envejecimiento celular. Y la ausencia de todo ello actúa como un acelerador silencioso de enfermedad y mortalidad