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"Uno de los miedos habituales es que el audífono genere dependencia o empeore la audición, pero no es así: simplemente el paciente se acostumbra a escuchar mejor y quiere mantener esa calidad", explica la doctora Jennifer Cueva

Actualmente, un 33% de las personas de 60 años presenta dificultades para oír, una proporción que se eleva hasta el 75% entre quienes superan los 80 años.

La pérdida auditiva se ha convertido en una incidencia especialmente elevada entre la población de mayor edad, pero cada vez más visible también en perfiles más jóvenes. Actualmente, un 33% de las personas de 60 años presenta dificultades para oír, una proporción que se eleva hasta el 75% entre quienes superan los 80 años. En términos absolutos, de los más de 530.000 mayores de 65 años que residen en Euskadi, cerca de 180.000 podrían convivir con algún grado de hipoacusia, reflejando la magnitud de un problema que impacta directamente en la calidad de vida. 

Aunque el envejecimiento sigue siendo el principal factor asociado, los especialistas alertan de un cambio en el perfil de los pacientes. "Cada vez vemos más casos en personas más jóvenes, muchas veces relacionados con la exposición prolongada al ruido en determinados entornos laborales", explica la doctora Jennifer Cueva, especialista en Otorrinolaringología del Hospital Quirónsalud Bizkaia. Sin embargo, no existe una edad concreta para la aparición de un déficit auditivo, ya que influyen factores como antecedentes familiares o patologías del oído interno. Esto hace que la hipoacusia pueda detectarse desde la infancia hasta edades avanzadas, con un aumento más marcado a partir de los 65 años ya que "se empieza a perder audición de forma más común". 

"Hay muchas enfermedades de del oído interno; algunas las podemos diagnosticar directamente porque tenemos indicios por sus antecedentes, y otras que las vamos un poco descubriendo conforme vemos al paciente y le vamos preguntando", explica Cueva. Alguna hipoacusia tiene opciones quirúrgicas y en otras, en cambio, el tratamiento consiste en una adaptación audioprotésica con los audífonos. 

Además, más allá de la pérdida de audición en sí, la especialista insiste en que el impacto real está en la comprensión del entorno. "Lo importante no es solo cuánto se pierde, sino cómo afecta a la calidad de vida", señala Cueva. "Una cosa es la pérdida de audición bruta y otra cosa, el entendimiento y los ambientes en los que se mueva cada persona", puntualiza. Si se ejemplifica con la pérdida visual, es sencillo de entender: "hay personas que con una dioptría necesitan gafas porque igual se tienen que sentar en la última fila de clase y hay otras que con dos dioptrías van perfectamente sin gafas por la calle". Por eso, dos personas con el mismo grado de hipoacusia pueden tener experiencias muy distintas; uno puede seguir realizando su día a día sin complicaciones y otro necesita usar audífonos en todo momento. Pero en palabras de la otorrinolaringóloga Cueva, "siempre que la pérdida de audición afecte en la calidad de vida, habría que buscar una solución sin dudarlo, por mínima que sea la pérdida auditiva". 

Por ello, los audífonos se han consolidado como la principal herramienta terapéutica en muchos casos, especialmente cuando no existe opción quirúrgica, gracias a una tecnología que permite no solo amplificar el sonido, sino también procesarlo para mejorar su calidad. El uso de estos dispositivos ha crecido en los últimos años, impulsado tanto por el envejecimiento de la población como por la progresiva desaparición del estigma social. A ello se suma la evolución tecnológica, con dispositivos cada vez más discretos, recargables y conectados a otros equipos mediante Bluetooth. "Lo habitual es que el paciente se los coloque nada más levantarse y los retire por la noche, aunque su uso se adapta a cada caso", explica Cueva. "Hay personas que los utilizan durante toda la jornada y otras solo en determinados entornos, en función de cómo les afecta la pérdida auditiva en su día a día". 

"Uno de los miedos habituales es que el audífono genere dependencia o empeore la audición, pero no es así: simplemente el paciente se acostumbra a escuchar mejor y quiere mantener esa calidad", añade. De hecho, la doctora Jennifer Cueva advierte que no tratar la pérdida auditiva puede tener consecuencias más allá del oído, especialmente en personas mayores. "La falta de estimulación sonora puede favorecer el aislamiento social y contribuir al deterioro cognitivo", explica. Por ello, una vez que se utilizan, la mejoría en la calidad de vida es muy evidente y, en muchos casos, ayuda a mantener la actividad social y cognitiva.