Con la llegada de la primavera no solo cambia el armario: también lo hace la piel, aunque de forma menos evidente y bastante menos amable. Lejos de ese imaginario luminoso asociado al buen tiempo, esta estación introduce un pequeño caos fisiológico en el organismo que se traduce en brotes inesperados, manchas que aparecen sin previo aviso o una sensibilidad que desconcierta