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Las revisiones a partir de los 50 años —o antes en pacientes de riesgo— permiten diagnosticar tumores en fases tempranas y con mejor pronóstico. Los avances diagnósticos y terapéuticos, como la biopsia por fusión o la cirugía robótica, han mejorado la precisión y reducido los efectos secundarios

El cáncer de próstata es uno de los tumores más frecuentes en hombres y, sin embargo, su detección sigue dependiendo en gran medida de la prevención. Según explica el urólogo de Policlínica Gipuzkoa, el Dr. Alejandro González, uno de los principales problemas de esta enfermedad es que en sus fases iniciales no presenta síntomas, lo que hace imprescindible la realización de revisiones periódicas.

"El cáncer de próstata en estadios iniciales es asintomático y tiene un crecimiento lento, pero cuenta con un pronóstico muy favorable si se detecta a tiempo", señala el especialista. En este sentido, insiste en que retrasar la visita al urólogo durante años supone perder oportunidades de aplicar tratamientos menos agresivos y más eficaces.

Las recomendaciones actuales sitúan el inicio de las revisiones a partir de los 50 años en la población general, aunque en pacientes con antecedentes familiares directos o factores de riesgo, como determinados orígenes étnicos, se aconseja adelantar estos controles a los 45 años. La edad y la predisposición genética continúan siendo los principales factores de riesgo asociados a este tumor.

En cuanto a la evolución de la enfermedad, el especialista advierte de que los síntomas suelen aparecer en fases más avanzadas y pueden confundirse con patologías benignas, como la hiperplasia prostática. Entre ellos se encuentran dificultades para orinar, aumento de la frecuencia miccional o disminución del flujo urinario. En fases más avanzadas pueden surgir signos más graves, como dolor óseo o complicaciones derivadas de metástasis.

Para la detección precoz, una de las herramientas fundamentales es el análisis del PSA, aunque el doctor González aclara que debe interpretarse con cautela. "El PSA no es una prueba perfecta, ya que puede elevarse por causas benignas. Por eso es esencial analizar su evolución en el tiempo y complementarlo con otras pruebas", explica.

Cuando existen sospechas, la biopsia de próstata continúa siendo el método diagnóstico definitivo. En los últimos años, esta técnica ha experimentado importantes avances gracias a la incorporación de la resonancia magnética y la biopsia por fusión, que permite localizar con mayor precisión las áreas sospechosas y mejorar la fiabilidad del diagnóstico.

En lo que respecta al tratamiento, la tendencia actual es personalizar al máximo las opciones terapéuticas en función de las características de cada paciente y del tumor. En casos muy localizados, la terapia focal permite tratar únicamente la zona afectada, reduciendo los efectos secundarios. Para tumores más extendidos, las alternativas incluyen cirugía, radioterapia o tratamientos sistémicos.

Uno de los grandes avances en este ámbito es la cirugía robótica, que ha supuesto una mejora significativa en la precisión de las intervenciones. "Permite realizar movimientos más exactos y preservar estructuras clave como los músculos que intervienen en la continencia urinaria y los nervios responsables de la función eréctil", destaca González. Gracias a ello, se han reducido notablemente las complicaciones asociadas a este tipo de cirugía.

El postoperatorio también ha mejorado de forma considerable en los últimos años. Los pacientes intervenidos mediante cirugía robótica suelen permanecer ingresados entre dos y cuatro días y pueden retomar su actividad normal en aproximadamente un mes.

En definitiva, el especialista insiste en un mensaje claro: la clave está en la prevención. "Es fundamental normalizar las revisiones urológicas, incluso en ausencia de síntomas. Una simple analítica y una exploración pueden marcar la diferencia en el diagnóstico precoz y en la evolución de la enfermedad", concluye.